Los vampiros y los zombis siguen de moda, sólo hay que ver la parrilla de televisión para darse cuenta. Pero parece que la audiencia empieza a estar un poco cansada de tanto nosferatu modernista, y aquí es donde llega el Príncipe de las Tinieblas. Dracula es una reinvención de la novela clásica homónima de Bram Stoker, así que no esperéis ver vampiros que brillan al sol, bebidas artificiales que sustituyen a la sangre o demás desvaríos modernos.
La trama nos situará en un Londres victoriano al que llega un americano que se hace llamar Alexander Grayson (Jonathan Rhys Meyers). Este no es otro que el primer hijo de la sangre, que vuelve desde los confines de la muerte buscando venganza sobre la Orden del Draco, la organización que lo convirtió en la bestia sanguinaria que es hoy en día y asesinó a su esposa Ilona. Junto a él veremos a su ayudante R.M. Renfield (Nonso Anozie) y a Abraham Van Helsing (Thomas Kretschmann), quien tiene a su vez sus propios motivos para buscar venganza sobra la Orden. Juntos tramarán un complot para poner fin al reinado de las sombras que la Orden del Draco viene ejerciendo desde hace siglos. Para ello intentarán desmontar su principal fuente de ingresos, la industria eléctrica, a través de una nueva fuente de energía basada en la electricidad que en su momento desarrolló Nikolai Tesla, energía limpia e inalámbrica. Durante su búsqueda de venganza, Grayson se topará con Mina Murray (Jessica De Gouw), quien parece ser una reencarnación de su fallecida esposa. Juntos comenzarán una relación intempestiva que torcerá sus vidas de una manera que no podían haber previsto.Cabe destacar el gran nivel conseguido en vestuario. Absolutamente brillante y sin nada que envidiar a muchas grandes súper producciones de Hollywood. Trajes, peinados, vestidos, zapatos, tocados, sombreros… Todo parece sacado de la época en la que se ambienta la serie, y pocas veces veremos alguna prenda que nos parezca fuera de lugar. Así mismo, tanto las localizaciones como la gran labor de fotografía son increíbles, algo que consigue transportarnos de vuelta al Londres más victoriano.
Se podría decir que la vuelta del padre de los vampiros a la televisión es un soplo de aire fresco a todas las alternativas del estilo que podemos ver en la pequeña pantalla ahora mismo, pero las cifras de audiencia parecen indicar lo contrario. La serie ha estado ya al borde de la cancelación antes de finalizar su primera temporada, y a día de hoy la cadena NBC no ha confirmado su renovación para una segunda temporada. Es cierto que la serie puede resultar lenta en ocasiones. Alexander a veces pasa demasiado tiempo pensando en cuál va a ser su siguiente movimiento contra la Orden, o en cómo ganarse los favores de Mina. Hay pocos momentos de acción, pero cuando los hay, los directores/guionistas no se cortan. Podría decirse que son las mejores escenas de la serie, cuando vemos como Dracula se deja llevar por su bestia interior, sediento de sangre y venganza, momentos que impactarán a los espectadores y les dejaran con ganas de más (de mucho más). Al final estos actos se hacen escasos y dejan entrever un potencial desaprovechado.Una serie de la que esperaba mucho más y que encandilará a los amantes de las historias vampíricas tipo Stoker o Anne Rice, pero mucho tiene que cambiar para hacerse con el título de Rey de los Vampiros.

