A menudo la imagen que guardamos en nuestra mente de la América de los 60’ se corresponde con la de su refinada producción publicitaria. Alegres y coloridas escenas con edulcorados mensajes de “Yo bebo”, “Yo Fumo”, “Yo Como”, “Yo Conduzco”, que hoy en día rara vez superarían los más básicos controles de legalidad. Fue quizás el momento de su historia en el que América más se gustó a sí misma. Europa daba los últimos escobazos a su reconstrucción, y nadie, salvo los soviéticos, se atrevían a toserle al Tío Sam.
En
un contexto tan fascinante como inestable, tiene lugar la que en el último
lustro se ha coronado como una de las ficciones más laureadas de la historia de
la televisión: Mad Men. Una exquisita obra de arte que, siempre que el
espectador esté dispuesto a superar ciertos prejuicios y reticencias, se
convertirá en ese universo paralelo al que a tantos de nosotros nos gustaría
trasladarnos.
Un
auténtico retrato en carne viva de una sociedad cegada por su propio brillo,
crédula del infinito límite de sus posibilidades, alimentada por los excesos y una
aberrante falsa moral. Porque si Estados Unidos era por aquel entonces el
castillo de los sueños, su fábrica de ladrillos eran las agencias de
publicidad.
Y es
en ese superficial y pretencioso mundo donde se desarrolla la trama de esta
producción. Y son sus creativos, sus ejecutivos de cuentas y sus sexuales
secretarias quienes la protagonizan. Ellos son los “Mad Men”, los hombres de
Madison Avenue, el lugar donde a mediados de siglo se hacinaban las agencias de
Publicidad de la Gran Manzana. Y eran sus propios profesionales los que se
denominaban a sí mismos de esta forma. Un juego de palabras que encierra toda
una declaración de intenciones.
La
trama se centra en la vida de Don Draper (Jon Hamm), Director Creativo
Ejecutivo de la agencia de Publicidad Sterling Cooper. En la vida privada y en
la profesional, ya que la línea divisoria que las separa es prácticamente
inexistente para la mayoría de animales que habitan la selva en la que se
convierte la serie. La insana infinidad de cigarros y whiskeys que comparte con
su superior Roger Sterling (John Slatery) la tensa relación con bífidos
ejecutivos de cuentas como Pete Campbell (Vincent Kartheiser), la complicidad de la que disfruta con Joan (Christina Hendricks), la exuberante jefa de secretarias, o su papel de mentor con la prometedora redactora Peggy Olsen (Elisabeth Moss) alimentan la parte de la trama que ocurre entre las paredes de la agencia. Es con esta última con quien Don desarrolla una relación especial, una especie de proteccionismo que en ocasiones no lograremos entender, y que solo el pausado y elaborado devenir de los acontecimientos nos permitirá esclarecer, saborear y comprender.
Todo
el control que parece tener Don sobre su trabajo, se derrumba en los otros
ámbitos de su vida. La casita de muñecas que es su hogar, situado en un
residencial barrio lo suficientemente alejado de Manhattan como para poder
seguir llevando su vida de crápula sin objeciones, es paradójicamente el lugar
donde Don se siente más incómodo. La relación con su irritante y preciosa
esposa Betty (magistral, oscuro e incómodo personaje protagonizado por la
estupenda January Jones) nos hace entrever que su vida es como un espejo roto.
Don huele a triunfador insatisfecho, ávido siempre de más. Más dinero, más
reconocimiento, más sexo. Y por supuesto, más whiskeys.
Pero
quizás, más allá de la incuestionable calidad de su guión, Mad Men es, sin duda,
una serie de personajes. Mejor dicho, Mad Men es sus personajes. La serie crece
a medida que crece la información que tenemos sobre la vida y personalidad de
Don, Betty, Peggy, Roger, Pete, Joan… Sus fortalezas, sus flaquezas, sus éxitos
y miserias alimentan un puzzle perfecto, sin fisuras, que nos permite
conocerlos a todos incluso más que a un miembro de nuestra propia familia. A
medida que avanza la serie, seremos capaces de interpretar la exquisita
sutileza de cada mirada, cada silencio y cada gesto con una perfección que no
nos dejará otra opción que decirnos a nosotros mismos “Pero qué buena es esta
serie”.
Otro
de los puntos fuertes de esta gran producción es como, a pesar de estar
ambientada en una década tan remota como son los años 60’, se trata de una
serie excepcionalmente moderna, en la que podemos ver reflejada el porqué de
los Estados Unidos de hoy en día. Temas como el racismo, la situación de la
mujer, la homosexualidad, el divorcio, las infidelidades… son tratados con
perspectivas tan sumamente creíbles y acertadas, que lograremos entender de una
vez por todas por qué esa década fue tan decisiva para la consolidación de las
venideras. Momentos históricos como la muerte de Kennedy, Luther King o Marilyn
Monroe, o el miedo provocado a raíz de la crisis de los misiles en Cuba son
algunos de los temas que sirven de punto de partida para esas historias
anónimas que, con el tiempo, conseguiremos convertir en propias.
Si
os gustan los guiones inteligentes, los personajes insultantemente
interesantes, y si encima os gusta que os deleiten los sentidos con la estética
más cuidada que posiblemente se haya visto en la historia de la televisión,
esta es vuestra serie. Una serie con la mejor banda sonora que se puede tener:
la de la música de los años 60’


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